Firma invitada: JAVIER MARQUINA, crítico y divulgador

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Foto: Salón del Cómic de Zaragoza / Daniel Surutusa

Hay tres frases hechas relacionadas con el hogar que sirven para definir este balance de la XV edición del Salón del Cómic de Zaragoza. Está claro que cuando uno es de la tierra y además forma parte activa de las charlas programadas por la organización, podría ser acusado de barrer para casa y hacer una crónica digna del país piruleta en el mundo del azucarillo feliz. Sin embargo, todo aquel que visita el Salón lo abandona con una sensación común de familiaridad y buen ambiente que te hacen sentir como en casa.

En mi caso, es una oportunidad perfecta para ver a amigos, charlar con autores y poner cara a todos esos contactos con los que hablas de cómic vía redes sociales, convirtiendo el evento en un gran acto social en el que el mundo del tebeo es absoluto protagonista. Por incidir en lo evidente, para alguien como yo es algo muy parecido jugar en casa. Es difícil describir lo a gusto que puedo llegar a sentirme rodeado de ese mundo que adoro.

Dejando la faceta sentimental a un lado, la impresión que me llevo de esta nueva edición es la de un evento que no para de crecer. Es espectacular contemplar la masiva asistencia de público, sobre todo durante el sábado, convirtiendo el exterior del Auditorio es un espectáculo por sí mismo lleno de gente disfrazada de sus héroes preferidos. Aunque hubo gente que tuvo que esperar hasta una hora y media antes de poder entrar al recinto, estos atascos surgieron una vez se completó el aforo, ya que las normas a este respecto desde la tragedia del Madrid Arena son férreas e inexcusables. A pesar de que se insistió por activa y por pasiva en el tema de la venta anticipada y se adecuó una entrada específica para aquellos que ya venían con su entrada comprada, a la hora de la verdad la avalancha humana acumulada en las horas críticas de asistencia originó las ya míticas y kilométricas colas en la entrada.

Una vez dentro, se evidencia la presencia de los dos tipos de público con los que cuenta el salón. Separados por una línea imaginaria, se colocan a izquierda y derecha del pasillo que divide la sala en dos: la legión de adolescentes y cosplayers que acuden para lucir sus disfraces y participar en los diversos concursos (entrando, a la izquierda) y los aficionados al cómic que buscan la firma de sus autores favoritos o asistir a alguno de los múltiples actos programados (entrando, a la derecha). No es una convivencia fácil, sobre todo cuando el estruendo de los actos organizados por la zona más relacionada con el anime y el manga se propaga como una sirena antibombardeo aturdiendo a todos los presentes. Sin embargo, es una cuestión a debate que tiene difícil solución. Dadas las circunstancias y el estado actual del mundo editorial español es indispensable contar con la participación de este tipo de público, ya que gran parte del éxito de asistencia y del ambiente festivo que se respira se debe a su presencia. Si exceptuamos el problema del ruido y de los desgarradores chillidos emitidos desde la zona de karaoke que en ocasiones atraviesan la sala, mantenerse ajeno a uno u otro ambiente es tan sencillo como no cruzar la línea intangible antes mencionada.

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Foto: Salón del Cómic de Zaragoza / Daniel Surutusa

Identificada la zona de confort propia, la oferta que la organización ofrece para el aficionado es abrumadora. La cantidad de autores invitados era extensa (incluyendo talleres de dos autores internacionales del mercado francés que fueron un éxito total) y las colas para conseguir algunas firmas fueron poco menos que multitudinarias. Este año, con muy buen criterio, las charlas han girado en torno a temas específicos relacionados con el tebeo, en lugar de centrarse en presentaciones de novedades que carecen de tanto sentido, dado que estas se reproducen en multitud de ocasiones a lo largo del año. Puedo decir que las charlas del sábado fueron un clamor absoluto de público, llegando los presentes a exceder el número de asientos de la sala. Es cierto que este es uno de los temas más delicados del Salón, ya que la reticencia del aficionado a asistir (lo de intervenir ya la dejaremos como directamente imposible) a un debate, charla o coloquio es un elemento mítico e indisociable al carácter del mal llamado friki. Sin embargo, este año puedo decir que hubo asistencia, participación e, incluso en las charlas en las que hubo menos público, se palpó una sensación de satisfacción general. Poco a poco, estos actos van tomando relevancia, y en esta edición hemos podido disfrutar de debates interesantísimos con dibujantes, guionistas (qué voy a decir yo, que estaba ahí de moderador), así como charlas de mucho nivel relacionadas con el cómic y la memoria histórica. Además, por primera vez se ha conseguido celebrar el que para mí ha sido el acto del salón: la conversación sobre la histórica Bruguera con Juan Manuel Muñoz, quien durante más de 30 años ha sido (y sigue siendo) “la mano derecha” de Ibáñez en lo que se refiere al dibujo.

Soy consciente de que conseguir un pleno total de público en cada uno de los actos es una misión imposible, pero puedo asegurar que este aspecto mejora cada año. La voluntad de la organización por pulir y afinar esta parte del evento es encomiable, y me consta que es una de las parcelas del programa a las que más interés y cuidado se le pone. Si se sigue en esta línea de trabajo, creo que es solo cuestión de tiempo.

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Foto: Salón del Cómic de Zaragoza / Daniel Surutusa

Evidentemente, no todo es perfecto. En ciertas ocasiones hay una inevitable y mareante sensación de maremágnum típica de este tipo de salones. Es una extraña mezcla de satisfacción por el poder de convocatoria del tebeo y de agobio por tener que ir esquivando mochilas, compradores compulsivos, ávidos cazadores de firmas, espadas de cartón y pelucas multicolores. Tampoco es de recibo la certeza de que en alguno de los stands se estuviera comercializando material pirata, una práctica totalmente ilegal que espero sea controlada en la próxima edición. Lo de los medios audiovisuales puestos a disposición de los ponentes es una queja personal del típico puntilloso insoportable, pero creo que la diferencia de de calidad en la megafonía en las salas en las que se realizaban las charlas y coloquios deberían igualarse sin falta (a mejor, por supuesto). El ruido, el aroma a adolescencia y la clara división de ambientes que produce la sensación de estar en dos salones diferentes son problemas estructurales de imposible solución. No importa. Cada año la conclusión final es más satisfactoria que en la edición anterior. Cada vez que se cierra la puerta en el último día de un intenso fin de semana, lo que todo el mundo tiene es ganas de volver a empezar. Yo, por lo menos, cada año me lo paso mejor.