El puerto prohibido‘ (Dibbuks) huele a salitre, aventuras y fantasía; huele a voluntades y misterios más grandes que la muerte; huele, en definitiva, a gran tebeo. Ambición no le falta a esta obra de los italianos Teresa Radice y Stefano Turconi, que se presenta como “Ópera en viñetas en cuatro actos”. Esta es la historia de Abel, un joven náufrago cuyo cuerpo es escupido por las olas hasta la costa, pero cuya memoria queda sumergida en lo más profundo del océano.

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Las playas a las que va a parar el joven Abel son las del Siam de 1807. Es un chico afortunado. El oficial de la fragata británica HMS Explorer lo va a recoger y subir a bordo, donde podrá restablecerse mientras recupera la memoria. El chaval demostrará sus aptitudes marineras de camino al puerto de Plymouth, pero el viento del mar no le ayudará a superar la amnesia. Así seguirá ya en tierra, donde es acogido por tres muchachas que regentan una posada. Son las hijas del antiguo capitán del Explorer, al que se da por asesino y traidor a la patria tras su desaparición. Junto a ellas, Abel se sentirá como en casa, pero no tardará en volver a partir a la mar…

¿Quién es en realidad Abel? ¿Por qué parece tan familiarizado con su entorno? ¿Por qué solo él y la bella prostituta que regenta el burdel de la ciudad pueden ver el puerto prohibido que se alza a la otra orilla de Plymouth? Un extraordinario giro de guión dará respuesta a todas estas preguntas, y dejará al lector tan sorprendido como deseoso de seguir adelante con la lectura.

A pesar de lo pretencioso que suena lo de “ópera en viñetas”, ‘El puerto prohibido’ responde a los parámetros de este género: música, poesía, drama y un gran escenario. El libreto corre a cargo de Teresa Radice, que más allá del as que guarda en la manga durante buena parte del tebeo, consigue en todo momento mantener el interés, insertar canciones y poemas de forma natural y, en general, impregnar de un aroma clásico a toda la narración.

A los actores los mueve por la escena Stefano Turconi. Se enfrenta a todo tipo de situaciones, desde tormentas en alta mar a intimidades de alcoba, y de todas sale bien parado. Y eso que hace una elección cuanto menos curiosa: dejar las páginas a lápiz, sin tinta ni color. Es sorprendente, no tanto por el resultado final, que le va muy bien a la historia, sino porque uno piensa que, de haberse publicado en Francia en lugar de en Italia, este tebeo tendría un aspecto muy diferente: entintado, a color y dividido en cuatro álbumes de mayor tamaño.

Por argumento y diseño de personajes, ‘El puerto prohibido’ recuerda por momentos a una película de la Disney de los 90 (aunque con un tono decididamente adulto). Esta intuición que se tiene nada más hojear el tomo se confirma al leer la biografía de Radice y Turconi: este matrimonio ha trabajado durante años para la revista Topolino (el Don Miki italiano), para donde han creado, entre otras historias, una adaptación de ‘La isla del tesoro’.

‘El puerto prohibido’ es, como la obra de R. L. Stevenson, una historia destinada a perdurar en quienes se acerquen a ella.